1. El Principio del Mentalismo
¿Dónde debemos mirar para intentar comprender el universo: fuera de nosotros o en la mente con la que intentamos comprenderlo?
El TODO es MENTE; el Universo es Mental
Con esta afirmación, el Kybalion inicia su recorrido por los siete principios herméticos. No parece casualidad que el primero de ellos hable de la mente. Antes de preguntarnos qué es el universo, debemos preguntarnos desde dónde estamos intentando comprenderlo.
Para la tradición hermética, detrás de todo cuanto existe hay una realidad fundamental. El Kybalion denomina a esta realidad el Todo, y lo describe como Mente.
No se trata simplemente de nuestra mente individual, de nuestros pensamientos o de aquello que ocurre dentro de nuestra cabeza. La enseñanza apunta hacia algo mucho más amplio: una Mente Universal, entendida como principio creador y ordenador de todo cuanto existe.
Desde esta perspectiva, el universo material y todo aquello que podemos percibir con nuestros sentidos serían la expresión visible de una realidad mucho más profunda.
Lo que vemos, lo que tocamos, lo que escuchamos, la materia, la energía, las estrellas, los planetas y nosotros mismos formamos parte de una misma totalidad.
Esta visión recuerda a la antigua imagen del Gran Arquitecto del Universo, una inteligencia ordenadora que no necesariamente debe entenderse como una figura humana o como un dios antropomórfico, sino como una forma de expresar el principio de orden que puede emerger del aparente caos.
Esta enseñanza también plantea una cuestión que nos toca mucho más de cerca:
¿Cómo experimentamos aquello que llamamos realidad?
Nosotros no experimentamos el universo de manera directa y absoluta. Lo experimentamos a través de nuestros sentidos, nuestra memoria, nuestras emociones, nuestras creencias y nuestros pensamientos.
Un acontecimiento sucede y adquiere significado cuando nuestra mente lo interpreta. Una misma experiencia puede ser vivida por una persona como una amenaza y por otra como una oportunidad. El hecho puede ser el mismo; lo que cambia es la interpretación. Y cuando cambia nuestra perspectiva, también puede cambiar nuestra experiencia de aquello que estamos viviendo.
Esto no significa que podamos pensar cualquier cosa y hacer que el universo se adapte a nuestros deseos. El Principio del Mentalismo no debería confundirse con la idea de que “pensar algo hace que ocurra”. No se trata de magia mental. Se trata de comprender el papel que desempeña nuestra mente en la manera en que experimentamos la realidad.
Si el universo es mental, entonces nuestros pensamientos, emociones, percepciones y estados de conciencia adquieren una importancia fundamental. Nuestra mente interpreta constantemente lo que sucede y construye una narrativa alrededor de ello. Por eso, cuando aparece una dificultad, la primera transformación no tiene necesariamente que producirse en las circunstancias externas, sino en la manera en que las contemplamos.
Podemos decir: “Esto me arruina el día.” O podemos detenernos y preguntarnos: “¿Qué me está mostrando esta situación?” La dificultad no desaparece simplemente porque cambiemos las palabras. Pero puede cambiar nuestra relación con ella. Y esa diferencia puede ser enorme. Cuando aprendemos a observar nuestra mente, comenzamos a comprender nuestras percepciones y recuperamos nuestra capacidad de actuar.
El presente es el único lugar donde podemos transformar una intención en una acción. Y cada acción consciente se convierte, con el tiempo, en parte del pasado que condicionará las posibilidades de nuestro futuro. Una decisión aparentemente pequeña puede modificar el camino que tenemos por delante.
Una persona decide ahorrar porque quiere cambiar su forma de desplazarse. La decisión pertenece al presente. El ahorro se convierte en una acción sostenida. Y aquello que antes parecía un futuro previsible comienza a transformarse. La mente ha reconocido una posibilidad, pero no ha sido la mente por sí sola la que ha cambiado la realidad. Ha sido la conciencia convertida en acción.
Aquí encontramos una diferencia fundamental. No se trata simplemente de imaginar un futuro. Se trata de ver una posibilidad, tomar conciencia de ella y actuar en consecuencia.
Esta sería una de las formas prácticas de comprender la llamada transmutación mental. No consiste en negar una emoción desagradable, reprimirla o sustituirla temporalmente por pensamientos positivos. Consiste en observar, reconocer, comprender y después decidir desde dónde queremos responder.
Cuando aparece un pensamiento destructivo, de miedo, escasez o desesperanza, la práctica no consiste necesariamente en luchar contra él. Podemos observarlo sin identificarnos completamente con él. “Estoy teniendo este pensamiento” no es exactamente lo mismo que “Este pensamiento soy yo”.
Existe una línea muy fina entre el pensamiento y quien lo observa. Y en esa distancia aparece algo fundamental: la libertad de elegir nuestra respuesta.
La autoobservación permite detectar patrones que pueden llegar a condicionar profundamente nuestra conducta. Podemos observar cómo una determinada interpretación genera una emoción; cómo esa emoción impulsa una reacción; y cómo esa reacción termina condicionando nuestras decisiones.
Pensamiento → emoción → reacción → acción → consecuencia.
Cuando comenzamos a observar este proceso, la mente deja de ser simplemente algo que nos sucede y se convierte en algo que podemos contemplar y trabajar. Es ahí donde comienza nuestro propio camino.
Existe otra dimensión del Mentalismo que merece nuestra atención. Si nuestra experiencia de la realidad está profundamente condicionada por nuestra mente, entonces también importa aquello con lo que alimentamos esa mente.
Los temas que leemos, las conversaciones que mantenemos, las imágenes que consumimos, las noticias que recibimos, los entornos en los que permanecemos, las preocupaciones que repetimos una y otra vez. Todo ello contribuye a construir nuestra percepción del mundo.
Seleccionar conscientemente aquello que dejamos entrar en nuestra mente no significa vivir aislados de la realidad. Significa reconocer que nuestra atención es un recurso limitado.
Una mente permanentemente expuesta al miedo, al conflicto, a la indignación y al ruido puede terminar percibiendo el mundo únicamente desde esos filtros. Una mente que aprende a detenerse, observar y discernir puede comenzar a descubrir otras posibilidades.
Por eso, el Principio del Mentalismo puede convertirse también en una enseñanza práctica: Cuidar aquello que alimenta nuestra mente es cuidar la realidad que experimentamos.
El Kybalion va todavía más lejos cuando afirma que el universo es mental. Cada pensamiento humano podría contemplarse entonces como una pequeña gota de agua en un océano inmenso: aparentemente insignificante cuando la observamos de manera aislada, pero inseparable de la totalidad de la que formamos parte.
¿Podemos relacionar estas antiguas enseñanzas con la ciencia moderna?
Aquí conviene caminar con cuidado.
La física moderna nos muestra que la materia y la energía forman parte de una realidad mucho más dinámica y compleja de lo que nuestra experiencia cotidiana puede revelar. La física cuántica, además, ha puesto de manifiesto comportamientos de la naturaleza que desafían muchas de nuestras intuiciones sobre la materia y la realidad. La tradición hermética, por su parte, habla de principios, manifestaciones y relaciones desde un lenguaje filosófico y espiritual.
No deberíamos confundir ambos lenguajes ni afirmar que la física demuestra las enseñanzas del Kybalion. Son marcos de pensamiento diferentes. Pero que sean diferentes no significa que no puedan enriquecerse mutuamente.
La ciencia nos muestra un universo dinámico, en transformación constante, donde aquello que percibimos como sólido y permanente posee una estructura mucho más profunda de lo que nuestros sentidos pueden apreciar directamente.
La ciencia continua investigando. La filosofía intenta preguntarse qué significa todo ello. La espiritualidad contempla la relación entre esa realidad y nuestra propia experiencia.
La ciencia continua preguntando. La filosofía continúa preguntando.La espiritualidad continúa preguntando. La sabiduría puede expresarse precisamente en mantener abierta esa capacidad de preguntar sin convertir nuestras respuestas provisionales en verdades absolutas. Todavía existen fenómenos, relaciones y principios que no comprendemos completamente. No necesariamente porque sean sobrenaturales, sino porque nuestro conocimiento continúa construyéndose. Las preguntas permanecen abiertas mientras la búsqueda continúe.
Desde esta perspectiva, la transmutación mental adquiere un significado más profundo. No consiste en dar respuesta a cada acontecimiento que aparece en nuestro camino. Consiste en transformar nuestra relación con aquello que acontece.
En el Zen encontramos una imagen sencilla para expresar esta actitud: El río no necesita luchar para llegar al océano. Fluye. Encuentra una piedra y la rodea. Encuentra una pendiente y desciende. Encuentra un obstáculo y busca otro camino. No deja de avanzar.
La transmutación mental puede entenderse también desde esta perspectiva. No siempre podemos elegir lo que sucede. Pero podemos aprender a observar cómo respondemos a ello. Y aquí aparece un detalle a tener en cuenta: desapego.
Desapego no significa indiferencia. Significa aprender a observar sin quedar completamente atrapados por aquello que observamos. Sentir una emoción sin convertirnos en ella. Tener un pensamiento sin obedecerlo automáticamente. Experimentar miedo sin permitir que el miedo decida por nosotros. Observar nuestras propias reacciones como quien contempla el movimiento de un río.
Antes de actuar, podemos detenernos. Antes de reaccionar, podemos observar. Antes de aceptar una determinada narrativa sobre nosotros mismos, podemos preguntarnos: ¿Realmente me pertenece? En ese pequeño espacio entre lo que sucede y nuestra respuesta aparece una posibilidad: la elección consciente.
La meditación puede ayudarnos a cultivar ese espacio interior y a reconocer nuestros propios patrones con mayor claridad. La acción exterior comienza con una disposición interior.
El primer principio del Kybalion puede entenderse no solamente como una afirmación metafísica sobre la naturaleza del universo, sino también como una invitación a asumir responsabilidad sobre nuestra propia experiencia.
Comprender el universo no consiste únicamente en descubrir qué hay ahí fuera. También consiste en descubrir quién es aquel que está mirando.